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Los tumores de la piel pueden clasificarse, de una forma muy general en pigmentarios y no pigmentarios. Entre los primeros se encuentran desde lesiones benignas como los nevi (pecas y lunares) y las manchas típicas del envejecimiento y de la exposición prolongada al sol (léntigos seniles, léntigos solares), hasta uno de los tumores malignos más temidos por su gran capacidad de invasión, el conocido melanoma. Los tumores no pigmentarios incluyen, dentro de las lesiones benignas, las verrugas, los dermatofibromas, etc. Y, dentro de las lesiones malignas, dos tumores muy frecuentes en personas de edad avanzada, sobre todo si son de piel clara: los carcinomas basocelulares, y los carcinomas espinocelulares. Los carcinomas basocelulares son más frecuentes y de mejor pronóstico, ya que producen invasión local, pero no se diseminan a distancia por el organismo (no producen metástasis). Aparecen en la piel como lesiones induradas, escamosas, a veces ulceradas, que van creciendo lentamente. Suelen situarse en zonas expuestas a la luz, sobre todo la cara. Cuando se tiene una de estas lesiones, es conveniente la vigilancia estrecha por parte del dermatólogo, y, ante la evidencia de crecimiento, su extirpación con biopsia mediante técnicas de cirugía plástica y reparadora. Son especialmente difíciles de manejar, si crecen demasiado, los que crecen en la vecindad del ojo, entre éste y la nariz (canto interno), por su tendencia a invadir el borde de los párpados, lo que plantea problemas reconstructivos. Por ello, hay que eliminarlos cuanto antes, en vez de esperar a que crezcan. Los carcinomas espinocelulares tienen peor pronóstico, porque sí pueden dar metástasis o diseminación a distancia. Son frecuentes, por ejemplo, en el labio en pacientes fumadores de larga evolución, se cree que por el contacto prolongado con el cigarrillo caliente. Han de diagnosticarse y extirparse prontamente. Sobre el melanoma, arriba mencionado, se ha escrito mucha y muy amplia literatura. La clave de la supervivencia es el diagnóstico y eliminación precoz, ya que da metástasis con muchísima rapidez. Sin embargo, es difícil conseguir esta prontitud de reacción, ya que a veces el tumor pasa desapercibido en sus fases iniciales, sobre todo si surge de un lunar que existía previamente. Por tanto, resulta sospechoso todo lunar de nueva aparición, o bien el hecho de que un lunar antiguo repentinamente crezca, pique, sangre o adquiera un contorno o pigmentación irregulares. No hay que alarmarse tampoco si ocurre esto, ya que la mayor parte de las veces no será un melanoma, sino un evento normal en cualquier lunar; pero lo que sí hay que hacer es acudir al dermatólogo sin demora. Hay personas que, por causa genética, tienen un riesgo mayor de aparición de melanomas. Se trata de sujetos que presentan múltiples lunares que, si se biopsian, se describen como displásicos (benignos, pero tendentes a la malignización). Por ello, estas personas, una vez que saben que sus nevi son de este tipo, deben vigilarse continuamente, protegerse adecuadamente del sol, y extirparse cualquier lunar que cambie de aspecto súbitamente.
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